Editorial

El Festival Cinematográfico Internacional del Uruguay se ha hecho mayor. Treinta y cuatro años es una edad considerable, sobre todo para un festival latinoamericano organizado por una Cinemateca. Una Cinemateca que no es estatal sino una asociación civil integrada por amantes del cine, que no solamente la sustentan económicamente sino que la empujan –con su fidelidad, su trabajo y obstinación– a seguir existiendo. Al igual que la mayoría de los festivales de cine del mundo, el de Uruguay no nació inocente. Fue una manera de ganar otro pequeño espacio a la oscuridad de la dictadura. ¿Se podía hacer un festival de cine en el Uruguay de principios de los años ’80? ¿Una fiesta del cine en plena dictadura? ¿Un evento que atraería, necesariamente, a miles de personas en un país donde estaba prohibido reunirse? Esas eran las interrogantes en 1982. Las de hoy son, ciertamente, menos acuciantes pero quizás, más relevantes, porque la libertad nos ha vuelto cómodos. Creemos que nada nos amenaza. Pensamos que sin un poder –malvado, ominoso, aterrador– que impida ver lo que queremos ver, el acceso está garantizado. Pero, si en dictadura el poder era brutal y mortífero, en democracia es sutil y embriagante. Si hay algo que hacen los festivales es invitar a salir de la zona de comodidad. Muchas veces se ha dicho que lo que hacen los festivales es poner en evidencia lo que el mercado esconde. Pero eso es solamente una parte. Hoy, más que nunca, este festival lo que hace es invitar a los espectadores a salir. A salir, primero, de casa y a volver a una sala de cine. A salir de la zona de confort del cine industrial. A salir de la idea que –hasta ahora– se tiene del cine. A salir de uno mismo y encontrar, en la pantalla, la posibilidad de emocionarse, sorprenderse, enojarse, discutir y pensar. El festival es una invitación a darse cuenta que el cine está más vivo que nunca y que es, quizás, el arte que mejor se las ha arreglado para sobrevivir a la idea de que ya no quedaba nada por decir. Hay una fórmula que suele citarse para dar cuenta de cómo funcionan las narraciones: “Iván salió al campo y se encontró con la maravilla”. Salir a la intemperie es siempre esencial para que pase algo. Quedarse es lo único que logra que se termine la posibilidad del cuento