Editorial

La programación sigue siendo veraniega, pero también variada y plural.
El calendario marca, sin embargo, algunos de los sectores de la programación. Uno de ellos tiene que ver con el Oscar, con una variante con respecto a lo que se ha hecho con él en años anteriores. Por lo general, lo que se programaba era una serie de películas anteriores con los candidatos o los ganadores.
Esta vez, la idea es diferente: ¿qué pasa con las películas, los actores o los directores que fueron candidatos o ni siquiera lo fueron, y que sin embargo hubieran merecido ser premiados en lugar de los que lo fueron realmente?
El ejemplo más obvio es por supuesto El ciudadano de Orson Welles, que debió conformarse con un Oscar a libreto mientras los de película y director iban para Qué verde era mi valle de John Ford (admitámoslo, probablemente la mejor película que haya ganado un Oscar), Pero, justamente, el ejemplo era tan obvio que se lo omitió deliberadamente de la programación ya que a El ciudadano se
lo ve a menudo, y podía prescindirse de él aquí. Lo que hay es un puñado de películas valiosas, algunas de ellas reales obras maestras, e interpretaciones que figuran en los libros de historia del cine, que sin embargo, la Academia se salteó. Puede ser interesante constatar cuáles fueron los criterios, o por lo menos tratar de adivinarlos.
El otro acontecimiento reciente (éste infausto) fue el fallecimiento del gran Eric
Rohmer. Ahí había también una posibilidad obvia: hacer una retrospectiva de su obra. Sin embargo, una idea había estado circulando en Programación desde hace algún tiempo, y es la que se aplicó aquí: un juego de comparaciones entre el cine de Rohmer y el de su admirado Howard Hawks, que se parecen más de lo que muchos creen. Una oportunidad, además, para pensar el cine (que no es, o no solamente, el argumento de una película) y hasta pelearse un poco.
Es también el calendario el que determina la llegada, a través de la Embajada de Francia, de un ciclo de operas primas de ese país, o una serie de películas sobre tango, y es una generosa donación del director argentino Adolfo Aristarain lo que pretexta un repaso de parte de su obra, presentada por él mismo, de visita en Montevideo invitado por la Cinemateca.