27 Festival Cinematográfico Internacional del Uruguay  04-18.04.2009



Veintisiete años de Festival. Puede parecer mucho tiempo, pero a algunos nos puede parecer ayer no más. El Festival comenzó en tiempos de dictadura, siguió con el retorno a la democracia, atravesó el descreído y evasivo postmodernismo, fue testigo y actor del descubrimiento de los autores del cine de hoy, ha sido también testigo de la desaparición de la mayoría de los grandes maestros del siglo pasado; y en el país, presenció la continuidad de un cine uruguayo. Sí, en verdad ha sido mucho tiempo. Hasta esta edición 2009 en la que se reúnen películas que son el reflejo de tiempos que cambian velozmente en medio de la que quizás sea la mayor crisis económica global de la historia. Desde este punto de vista el Festival y el cine mundial han sido atravesados por la caída del socialismo real, la nueva hegemonía unipolar de Estados Unidos, la proclamada muerte de las ideologías, el crecimiento de una unión europea donde cada vez importa más la economía y menos los valores y sentimientos culturales y sociales, es decir el antiguo humanismo ahora fuera de moda. El cine que se hace de alguna manera es el espejo de esos vaivenes y del desconcierto y el descreimiento generados por el quiebre económico  provocado en todo el mundo por las especulaciones financieras del capitalismo triunfante desde los noventa.

Varias películas de este Festival provienen de países que fueron o dijeron ser socialistas hasta hace poco y que dejaron de serlo. Algunas de ellas son muy reveladoras. Un film búlgaro (El autobús Rocinante), por ejemplo, es una infrecuente farsa muy festiva y loca que más bien se ríe de la falta de valores, constatación de que el hombre nuevo no es lo que se pensaba. Una película ucraniana (Las Meninas) libera una imaginación plástica que nada tiene que ver con el realismo ni con lo social, que estuvieron de moda en ese país durante décadas y que por lo visto no fueron valores incorporados a la identidad nacional, que era otra o por lo menos no era esa. Las películas checas en general respiran un extraño aire de estos tiempos, se burlan del socialismo de antes y del individualismo dominante y de la tontería humana, como si descreyeran de la civilización del nuevo siglo, de la que toman sin embargo los gustos y a veces las prisas narrativas. Las dificultades de vivir el presente promueven una película lituana (La coleccionista) que es, además, la primera película de su directora, y donde la imagen de sí misma filmada es la única comunicación posible que su protagonista establece con el mundo que la rodea. Estas y otras formas de ver la vida en las antiguas repúblicas socialistas es una de las novedades del cine actual, de la que hubo noticias desde Rumania hace un par de años. Qué ha pasado o qué está pasando en lugares donde la gente ha saltado de las iniquidades del stalinismo y luego del socialismo soviético, para caer en los delirios capitalistas del este europeo, y aterrizar en la comprobación de que el mercado es un cuento y que el mundo globalizado (la mundialización que le dicen) se resquebraja y cae. En esos países que ingresaron en el tercer mundo, el sentido de la vida es un problema. Directa o indirectamente se muestra en películas búlgaras, checas, ucranianas, lituanas, rumanas. Sus autores están buscando respuestas a sus interrogantes. A veces de manera muy directa (la ítalo-rumana Pa-ra-da), a veces deshaciéndose del cine creativamente correcto y lanzándose a búsquedas todavía sin respuestas claras. Pero ahí está un germen del cine posible en el futuro inmediato.

Otras películas, de occidente, retratan la desazón de la gente común cuyas vidas son destrozadas por la crisis financiera y capitalista. Esos films corren el riesgo del oportunismo pero se salvan por el dinámico humor y la eficacia de Paolo Virzì (Toda la vida por delante) y hasta los buenos sentimientos de Silvio Soldini (Días y nubes), por ejemplo.  Pero parecen mucho más adecuadas las búsquedas artísticas y expresivas que provienen de Finlandia, Bélgica (9 mm.), Canadá (Ella quiere el caos), Holanda (Taxandria), donde están las señales de un cine nuevo de expresión autoral, Es un cine de la crisis. Y curiosamente, en este panorama son muy pocas las propuestas de un cine latinoamericano que sigue recurriendo a sus propios antecedentes, a la experiencia de lo que fue el Cinema Novo (A festa da menina morta, que está muy bien sin embargo), al minimalismo joven de un cine argentino recurrente, a las correcciones a veces académicas peruanas, colombianas, bolivianas. De lo que se muestra en el Festival quizás lo más interesante y creativo es la propuesta de la venezolana Mariana Rondon (Postales de Leningrado), donde chisporrotean e integran los años sesenta y el presente, el cambio al alcance de la mano que no se dió. Los tiempos de graves crisis generaron algunos de los movimientos artísticos más contundentes del siglo XX. Faltan todavía los datos concretos de qué estará pasando con el nuevo siglo. Algunos síntomas se han seleccionado para la programación del Festival, que deliberadamente incluye una sección, El quiebre global, a la que pudieran añadirse otros títulos programados en otras secciones, aunque la última obra de Ermanno Olmi (Tierra madre) y el corto venezolano (el militante El fantasma de la libertad), son un poco los más representativos. Quizás pudiera estar la alarmante Otro planeta del húngaro Ferenk Moldoványi, pero ya está en otro lado, y hay que tenerla en cuenta.

Y están, claro, las obras de maestros consagrados y de nuevos valiosos realizadores. Unos y otros casi siempre al margen de la industria, indicio de que el cine como industria cada vez ocupa más espacios, y que el cine creativo no interesa a los capitalistas ahora en crisis. Desde el extremo bélico y estéticamente peleador de Albert Serra (El cant des ocells, y su cortísimo Fiasco) hasta una obra maestra de Michelangelo Antonioni (el corto La mirada de Miguel Angel), o la presentación completa, por primera vez, de La rabia de Pasolini, que en 1963 fue brutalmente censurada por razones políticas, ahora restaurada, o de Terence Davies Del tiempo y la ciudad, o una pequeña obra de admiración del maestro portugués Manoel de Oliveira (Belle toujours con claras referencias a Buñuel), y Nicolas Klotz con La cuestión humana, Claire Simon con Las oficinas de Dios, Laurent Cantet y su actual y vigente Entre los muros. Y habría que ver a Hidrissa Ouedraogo (Tilai) y la selección de los premios panafricanos del Festival de Ouagadougou. Quizás habría que añadir también las obras de los hijos de famosos, con Julie, hija de Costa Gavras, que pasa memoria a su propia vida entre militancias (La culpa es de Fidel), y Marco, hijo de Gillo Pontecorvo, que vuelve al cine testimonial y comprometido de su padre (Pa-ra-da), ambas películas con valores y atractivos propios.

Parece obvio e innecesario decir que éste no es un Festival cinéfilo sin dejar de ser un festival cinéfilo. O dicho más claramente. En los últimos años el cine se suele integrar en los medios de comunicación a la categoría “entretenimientos”, la mejor manera de disimular o menospreciar las responsabilidades artísticas, críticas o hasta políticas del cine, en beneficio de la “industria del entretenimiento”. Esa nueva categoría, el “entretenimiento”, incluye ahora al teatro, la música popular, la plástica convertida en diseño, la lectura chatarra y las revistas. La tendencia a trivializar la comunicación artística no incluye todavía la música sinfónica entre otros motivos porque cada vez se produce menos música sinfónica. No está nada mal que el cine, el teatro, la música sean entretenidos, lo malo es que eso se llame ahora “industria”. No debiera llamar la atención que hoy en día se hable también de “la industria financiera” que ha ocasionado algunas crisis globales en proceso de desarrollo y sin final a la vista. Este festival entonces, es cinéfilo, pero es más bien cinematográfico, e incluye visiones a través del cine de un mundo que se quiebra  El cine puede ser también evasión, y coincidentemente con la hecatombe económica en Estados Unidos, las películas de Hollywood recaudaron en 2008 más que en los años anteriores: el público se refugió en el cine evasivo, donde no hay desempleo,  pobreza extrema, violencia xenófoba ni estafas monstruosas inventadas por el capital y los mercados. Hay otro cine, sin embargo, de otra sensibilidad y otros estremecimientos. Mientras las formas de acceso del espectador a las películas aplican estrategias aptas para estos tiempos de televisión e internet, ese otro cine, de momento, se puede ver en festivales como éste. Es la cinefilia de compromiso humano. En tiempos en que compromiso y humanismo son expresiones o conceptos del pasado, antes que el mercado nos enseñara a ser modernos y estar al día. Por eso, casi todo lo que aquí se exhibe no nos es ajeno. Por eso, también, la inauguración se realiza con calidades y compromisos: Todos los demás de Alemania, premiada en Berlín: Madre tierra de Olmi, que advierte sobre lo que le pasa al planeta.